ISIS no es Islam

Es harto sabido la frágil situación por la que atraviesa Oriente Medio, pero de un tiempo a esta parte pululan una serie de organizaciones radicales terroristas que preocupan al mundo, y en especial a los musulmanes; que con un salvajismo indescriptible, y en nombre del Islam, día tras otro ensancha sus tentáculos por doquier.

Pero quizás el movimiento más radical, y desgraciadamente más famoso, incluso más que su mentor Al Qaeda, sea el ISIS (siglas en inglés), Daesh (en árabe) o EI (en español); o lo que es lo mismo: El Estado Islámico de Irak y el Levante, una organización terrorista que se ha hecho conocida por el mundo mediante las decapitaciones de periodistas y cooperantes occidentales, que posteriormente difunde a través de redes sociales, y de sus continuas persecuciones de minorías religiosas, que han convivido en armonía con los musulmanes, hasta que llegaron esos monstruos, mediante la imposición de un islam ultraconservador. Una forma de propagar el Islam diametralmente opuesto a los principios que defiende un credo practicado por más de 1.000 millones de personas en todo el mundo. Esto hace que en definitiva, los musulmanes y el Islam sean las primeras y numerosas víctimas de esa barbarie.

Actualmente, y desde 2010, el EI (con 75.000 efectivos) controla una vasta región con un rico subsuelo en hidrocarburos, que abarca el norte de Siria y el de Irak, incluida Mosul, la segunda ciudad iraquí, y amenazan ahora al Kurdistán iraquí y Bagdad. Vistos sus rápidos logros y su salvaje modus operandi el EI autoproclamó en junio pasado un califato, una idea de hace 14 siglos, como una falsa pretensión de liderazgo de la comunidad de musulmanes. Y por consiguiente, el dirigente de esa panda de criminales, el iraquí Abu Bakr al Baghdadi, se proclamó como el califa de los musulmanes del mundo, un puesto que le ha llevado, por primera vez, al número 54 (entre 72) en el ranking anual de personalidades más poderosas de la revista estadounidense Forbes.

La irrupción del EI ha sorprendido al mundo, aunque no a los sufridos habitantes de Oriente Medio. Es por ello que las potencias occidentales, con Estado Unidos a la cabeza, lideran una alianza desde el pasado mes de septiembre para frenar el contagio del EI en Oriente Medio y Norte de África, y a decir verdad, poco efectiva hasta la fecha. Sin embargo, esa alianza ha contado, al menos, con la participación de los países vecinos, árabes y musulmanes. De hecho, la participación árabe pone de relieve una lección aprendida por parte de Estados Unidos y Europa: las intervenciones en suelo extranjero suelen resultar, en muchos aspectos, contraproducentes. Los casos de Irak y Afganistán son vivos ejemplos de ello.

Las intervenciones militares quizás sean necesarias para debilitar al EI, pero habrá que atacar y erradicar también las causas que han permitido la expansión de esta organización terrorista, y eso solo se lleva a cabo a través de políticas que pongan fin a las prácticas sectarias que dividen a la población (suníes, chiíes, kurdos…) y hallar soluciones políticas, a través de la vía de la diplomacia y el diálogo, a los conflictos de la región, huyendo del habitual intervencionismo militar y político de EEUU y las potencias occidentales. Porque mientras siga habiendo guerra, en Siria, Irak, Libia, Afganistán, Palestina, Yemen, Líbano… el yihadismo, el radicalismo, la ceguera moral y ética y las luchas sin razón seguirán encontrando un terreno fértil en donde subsistir.

Salamu Hamudi

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